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5 razones para apostar por Gordon

¿Puede un recién nacido aprender música?

E. Gordon y M. Montessori: parecidos razonables


5 razones para apostar por Gordon

1. Porque Edwin Gordon dedicó su vida a estudiar cómo aprendemos música.

Después de muchos años de investigación, observación y docencia desarrolló su Music Learning Theory (Teoría del Aprendizaje Musical o MLT). Concluyó que el proceso por el cual aprendemos música es casi idéntico al que tiene lugar cuando absorbemos una lengua. La gran mayoría de nosotros aprendemos a hablar en un contexto adecuado para ello: no recibimos una instrucción formal desde el nacimiento, sino que nuestros padres, sin necesidad de ser profesores de Lengua, nos enseñan perfectamente el idioma con el simple hecho de comunicarse con él.
El aprendizaje ideal de la música requiere los mismos pasos: desde el momento más próximo al nacimiento que sea posible, exponerse a un largo y variado período de escucha para, poco a poco, ir imitando, asimilando, creando y, en definitiva, adquiriendo cada vez más habilidades para entender este lenguaje y comunicarnos con él.
Por desgracia, a diferencia de lo que ocurre con nuestra lengua materna, poca gente nace en ese contexto musical idílico. Por eso Gordon diseñó un tipo de enseñanza que secuencia muy bien todas las etapas del aprendizaje por las que pasamos con el fin de ofrecernos siempre el contexto adecuado para absorber este idioma.
Sus clases potencian tres aspectos: la escucha (de una gran variedad de modos y métricas musicales, pues resulta fundamental introducir el mayor número posible para favorecer la discriminación en el oído y mejorar el entendimiento musical), el movimiento (con continuos contrastes entre los cuatro elementos que Gordon tomó de Rudolf Laban: tempo, peso, espacio y fluidez), y la comunicación (a través de patrones tonales y rítmicos que van creando el vocabulario con el que, poco a poco, el niño será capaz de comunicarse musicalmente).

2. Porque el objetivo principal de estas clases es desarrollar la audiation.

La creación de este concepto fue una de las grandes aportaciones de Gordon. Audiation es a la música lo que el Pensamiento es al lenguaje. En palabras de Marisa Pérez (directora de Instituto Gordon de Educación Musical en España), se trata del “proceso cognitivo que tiene lugar cuando escuchamos con comprensión la música que suena en nuestra cabeza”. Una audiation desarrollada nos permite cantar o tocar lo que escuchamos internamente y debería ser la base a partir de la cual comience el proceso de lectoescritura y de desarrollo técnico instrumental, pues ambas cosas serán adquiridas con mucha mayor naturalidad si parten del entendimiento y no desde la abstracción.
Cada uno tenemos nuestra audiation en una fase determinada. Nunca existe un nivel máximo de audiation: siempre se puede mejorar nuestro entendimiento musical. Tampoco es posible que algo que se ha alcanzado desde la audiation dejemos de comprenderlo años después.

3. Porque el alumno Gordon adquiere un riquísimo repertorio.
Desde hace ya bastantes años parece que se había asumido que a los niños y bebés hay que simplificarles las canciones: hay que cantarles sencillísimas melodías infantiles – casi siempre en modo mayor o menor y métrica doble, por cierto –. Como si para enseñarnos a hablar nuestros padres hubieran seleccionado las 50 palabras más sencillas del idioma y no nos hubieran hablado con ninguna otra hasta estar realmente preparados.
Las conclusiones de Gordon son totalmente opuestas a este principio. Nuestros padres utilizaron un extenso vocabulario dentro de complicadas oraciones desde el momento en que nacimos. Aunque aún no estábamos preparados para entenderlo todo, nuestro oído iba discriminando un sinfín de sonidos y estructuras. Poco a poco estuvimos listos para decir nuestra primera palabra: mamá. En ese punto sí que se acercaron a nosotros, nos miraron y lentamente nos repitieron una y otra vez: ma-má. Con su gesto y su sonrisa nos ayudaron a arrancar en esto del habla, a coger confianza y ganar destrezas. Pero aunque nos vieron ya preparados para decir mamá, no dejaron de utilizar palabras difíciles para comunicarse con nosotros – obviamente no esperaban que entendiéramos todo ni que repitiésemos palabras más complicadas en esos momentos –.
Escuchar y cantar en una gran variedad de modos y métricas es una condición indispensable para desarrollar nuestra audiation. Y la música que se comprende y se adquiere desde la audiation – y no desde la memoria – no se olvida.

4. Porque respeta profundamente el ritmo evolutivo de cada niño.
Las clases que siguen a Gordon son grupales y dentro de ellas, como es lógico, se encuentran niños con diferentes capacidades y ritmos de aprendizaje. Cada uno tiene su audiation en un punto determinado. El hecho de comprender los pasos por los que pasamos en el aprendizaje musical – algo que detalló Gordon minuciosamente – facilita mucho al profesor la tarea de qué ofrecer a cada niño en cada momento. Esto hace que puedan convivir diferentes niveles de audiation dentro de una misma dinámica de trabajo a la vez que se respeta el ritmo individual de cada niño. Por eso el profesor, además de ser un buen modelo musical para los niños, debe ser un gran observador y un hábil guía en su aprendizaje.

5. Porque las clases son realmente divertidas.
Todo el que ha cantado – en un coro o en la ducha – sabe la energía que mueve el canto y lo divertido que resulta. Además, cuando las clases Gordon son dirigidas a bebés y niños, el juego y el movimiento se presentan como elementos indispensables en ellas. El juego hace que aprendan con naturalidad y dentro de su manera habitual de relacionarse con el mundo. Al mismo tiempo, propicia que su atención musical no decaiga durante la clase y que sus primeros contactos con la música resulten alegres.

Javier Muñoz.


¿Puede un recién nacido aprender música?

Desde hace algún un tiempo tengo la suerte de llevar a cabo uno de los trabajos más fascinantes y felices que soy capaz de imaginar: enseñar música a bebés. La primera vez que me planteé desarrollar esta tarea fue cuando supe que iba a ser padre. En aquel momento no me quedó más opción que analizar con serenidad de qué manera podría educar mejor a mis hijos. En lo musical, deseaba trasladarles mi pasión por este arte y los mejores aprendizajes que había acumulado durante veinte años… y quería ofrecérselo como una experiencia feliz, evitando a toda costa que percibieran en la música algo que tenían que hacer obligatoriamente para no frustrar la ilusión de su padre. Pero al margen de estas buenas intenciones, no llegué a sentirme con la confianza y herramientas suficientes para hacerlo hasta que descubrí la Teoría del Aprendizaje Musical de Edwin Gordon.

Esta pedagogía ofrecía una variedad maravillosa de contenidos a la vez que acercaba la música a los niños con alegría y mediante el juego. Me sucedió algo similar cuando descubrí la pedagogía Montessori; recuerdo que pensé: “los niños Montessori se pasan el día divirtiéndose mientras alcanzan una formación, autonomía y motivación mucho mayores que con otros sistemas de enseñanza. ¡Me encanta!” Algo así volví a entender con Gordon.

De entre todas las bondades que pueden extraerse de las propuestas del pedagogo norteamericano (algunas de las más importantes ya las traté en el artículo 5 razones por las que Gordon ofrece el mejor aprendizaje musical), hay una que siempre me ha fascinado: Gordon deduce de sus investigaciones que lo que más favorece la discriminación auditiva es la comunicación dentro de la mayor variedad posible de modos y ritmos musicales. Dicho así suena lógico, pero choca directamente con casi todo lo que se había planteado hasta entonces para bebés. La mayoría de canciones infantiles que hemos aprendido de pequeños o hemos conocido como padres están en realidad enfocadas al texto, pero son musicalmente muy pobres: casi siempre son en modo mayor y ritmo doble.

Efectivamente ni podríamos aprender nuestra lengua materna si nuestros padres sólo utilizaran unas pocas y sencillas palabras, ni somos capaces de asimilar el idioma de la música si escuchamos únicamente canciones pobres y poco variadas. Lo que, por cierto, enlaza con un interesantísimo tema que abordaré en otro momento: el papel fundamental de los padres en la enseñanza musical de sus hijos. Hoy, sin embargo, me gustaría centrarme en cuál es la edad ideal para iniciar el aprendizaje de este maravilloso lenguaje.

La edad óptima para comenzar el aprendizaje musical es el momento del nacimiento y se mantiene hasta los 18 meses.

Si hemos crecido con la idea de que a los niños había que cantarles cositas fáciles para que no se agobiaran, lo de la edad ha sido casi más grave, ya que apenas se ha trabajado tradicionalmente la enseñanza musical en menores de tres años. Quizá se daba por supuesto que si un niño era tan pequeño que resultaba incapaz de coger un instrumento y hacer ademanes de tocarlo, no podría aprender nada. Una vez más Gordon desmonta tal teoría: la edad óptima para comenzar el aprendizaje musical es el momento del nacimiento y se mantiene hasta los 18 meses.

Como profesor siempre intento hacerle ver a los padres que, detrás de estas clases tan divertidas para los niños y donde los bebés nos regalan infinidad de momentos adorables, hay una teoría musical muy fuerte y una secuenciación muy clara y precisa del proceso de aprendizaje. Pero como padre soy consciente de que no siempre resulta fácil entender que tu bebé de dos meses está aprovechando las clases de una manera inimaginable para nosotros.

Los aprendizajes que se producen al nacer se basan en experiencias de interacción con el medio. De ellas dependen las propias estructuras cerebrales que se van originando y que influirán decisivamente en los aprendizajes que se producirán en todas las etapas posteriores.
La directora de Igeme, Marisa Pérez, lo explica perfectamente en su libro Jugando con la música. Bebés:

Cuando las células destinadas hacia un determinado sentido no son utilizadas para establecer las conexiones relacionadas con este sentido, en los momentos críticos del desarrollo cerebral, se pierden y nunca pueden ser recuperadas. (…) Por eso, si los niños en sus primeros meses de vida no tienen la oportunidad de adquirir un vocabulario de sonidos, las células que deberían usarse para establecer el sentido auditivo, serán redireccionadas hacia otro sentido, seguramente el visual.

Todos podemos imaginar que si a un niño no se le hablase durante los dos primeros años de vida su capacidad lingüística quedaría dañada para siempre. De la misma forma también debemos ser conscientes de que si un niño no recibe una rica y variada estimulación musical, estaremos restringiendo de por vida su capacidad de entendimiento de este idioma.

A lo largo de nuestra vida nunca perdemos nuestra capacidad de aprender, pero la capacidad de influencia externa sobre nuestro cerebro tiene su punto máximo entre el nacimiento y los 18 meses. Desde los 18 meses hasta los 5 años esta facultad va disminuyendo, aunque sigue siendo mucho mayor que la que tenemos como adultos. A partir de los 5 años va atenuándose progresivamente hasta llegar a los 9, que es cuando se estabiliza en el punto en el que permanecerá toda nuestra vida.

Por eso, cuando un bebé de dos meses (o de dos días) asiste a una clase basada en las enseñanzas de Gordon parece que no aprende nada (claro, es tan pequeño que apenas se mueve), pero en realidad está haciendo lo más importante en esa etapa: está escuchando. Y con ello está estimulando enormemente su capacidad auditiva, potenciando sus cualidades musicales y modificando para siempre su cerebro.

Javier Muñoz.


E. Gordon y M. Montessori: parecidos razonables

Para la elaboración de este artículo he tenido la fortuna de contar con la revisión y las valiosas aportaciones de Marisa Pérez, Directora del Instituto Gordon de España (IGEME), y Andrea Cirett, Guía Montessori de Casa de Niños. Dos personas a las que admiro profundamente por su forma de ser y de trabajar. ¡Gracias!

Edwin Gordon y María Montessori son quizá dos de las personas que más – y mejor – han hecho por la pedagogía moderna. Ninguno de los dos es insuperable. Ninguno de los dos es perfecto. Ninguno de los dos es inflexible en sus propuestas.

Pero ambos dedicaron su vida a observar e investigar cómo aprendemos. Ambos son lúcidos y generosos en el desarrollo de sus explicaciones. Ambos se esforzaron en manifestar que no habían creado un método, sino que sus propuestas pedagógicas eran el fruto de sus extensos estudios a partir de los cuales habían teorizado sobre cómo deberíamos aprender.

Ambos pretendían mejorar la forma de enseñar que se encontraron y ambos lo consiguieron. Edwin Gordon en la música y María Montessori en la enseñanza general.

Yo nunca he creído demasiado en los métodos. Es una opinión personal – y discutible – basada en que los métodos siempre me han parecido rígidos y poco flexibles; más difíciles de adaptar a situaciones concretas. Pero sí he creído en las aportaciones pedagógicas que, fruto de la investigación, experiencia y observación, tienen por objetivo mejorar el proceso de enseñanza-aprendizaje. Y, por supuesto, siempre he creído en las personas que enseñan con profesionalidad, honestidad, respeto y cariño por su profesión, pensando realmente en el mejor desarrollo del niño que tienen delante.

Hace ya tiempo que le doy vueltas a la gran relación que encuentro entre estas dos enormes figuras de la pedagogía. Y esto es lo que me ha llevado a escribir este nuevo artículo en el que me gustaría compartir diez de las conexiones más importantes que he podido percibir – dentro de mis limitados conocimientos –. (Aprovecho la ocasión para aclarar que no he podido leer nada al respecto… ya sé que no seré el primero que ha pensado en esta afinidad, ni el primero que haya escrito sobre ello, pero no he conseguido encontrar ningún escrito que haga esta comparación. Si el lector conoce algún artículo en esta línea, así como si desea matizar, añadir o discutir cualquier punto, le estaría muy agradecido si nos deja un comentario).

1. El aprendizaje se basa esencialmente en la práctica para que, posteriormente, la teoría no suponga algo abstracto que descifrar, sino sólo un reconocimiento escrito de lo que ya se ha interiorizado. Gordon, como Suzuki, Dalcroze, Kodaly y Orff, comienza su aprendizaje sin partitura. Cuando, una vez interiorizados los conceptos básicos de la música, el alumno está preparado para aprender a leer y a escribir (por ese orden), sólo tiene que poner nombre a lo que ya ha almacenado en su interior. En Montessori se sigue un patrón muy similar con el abordaje de la lectoescritura: primero se plantea desde la escucha y el descubrimiento de los sonidos de las letras (sentido auditivo); y una vez adquirido el sonido, se introduce la grafía a través de las letras de lija (sentido tacto), al tiempo que se trabaja la lectura de manera global, es decir, buscando el reconocimiento de las palabras a través de su grafía (sentido visual).

2. En ambas pedagogías, la secuencia del proceso de aprendizaje no la marca el profesor, quien funciona más bien como guía, sino el propio alumno. Cada persona tiene un ritmo de aprendizaje distinto y es esencial respetarlo. Montessori plantea un aprendizaje para la vida. Gordon enseña la música con la misma naturalidad que la lengua materna. No hay conceptos teóricos sin aplicación práctica ni contenidos abstractos que se quedan en el aula sin llegar a descifrarse. Lo que se aprende en estas pedagogías, perdura.

3. Para ambos, la observación del profesor es un pilar fundamental. María Montessori propone que sus guías sean esencialmente observadores de los niños. Y a su vez, que los niños aprendan sobre todo por observación y repetición (aprenden por observación cuando les es presentado un nuevo material, cuando observan a otros compañeros utilizar un material que ellos aún no conocen, etc.). Por su parte, Gordon establece como necesario el hecho de que el profesor observe las respuestas de cada alumno. La observación precisa de estas respuestas será la que propicie que pueda imitar correctamente los balbuceos de los bebés para comunicarse con ellos, que pueda establecer en qué etapa de aprendizaje se encuentra, qué nueva propuesta debe hacerle, etc. Asimismo, en algunas de las secuencias descritas por el norteamericano, la imitación y la reflexión, dos formas de observación, son parte esencial del aprendizaje.

4. En pocas pedagogías se combina tan finamente el trabajo en grupo con el desarrollo individual. El trabajo grupal es esencial para Montessori, quien sostiene que todos los niños se enriquecen de la observación de los demás, que la colaboración es necesaria para realizar casi cualquier actuación (desde almorzar hasta solucionar un conflicto), o que su educación para la paz no tendría sentido si no se da en grupo. Y qué decir de Gordon: en sus clases, el grupo es quien refuerza el aprendizaje de una canción, quien permite crear armonía con la inclusión del bajo y varias líneas melódicas, quien favorece que el alumno que no tiene seguridad en algún momento se apoye en los que sí la tienen, etc. Por otro lado, el profesor siempre tendrá un hueco para pedirle a cada niño un tipo de respuestas diferentes (dependiendo del nivel individual de cada uno). Algo parecido a lo que sucede en Montessori, donde al margen del contexto grupal latente, la mayoría de las presentaciones se realizan de modo individual (especialmente en Casa de Niños y Comunidad Infantil). Este multinivel provoca que cada alumno pueda elegir el trabajo que desea hacer de entre los que les han sido presentados, así como llevar un nivel particular en cada área dentro del grupo.

5. Uno de los objetivos de las enseñanzas de María Montessori es crear personas autónomas. Los niños toman decisiones y se responsabilizan de ellas. Aprenden a vestirse a una edad muy temprana, recogen su mesa y friegan sus cubiertos después de comer, solucionan sus conflictos sin la necesidad de que intervenga un adulto (salvo en casos imprescindibles), etc. El fomento de la independencia que, desde mi punto de vista, Gordon lleva al terreno musical se produce en el momento en el que los alumnos no necesitan ayuda externa para comprender lo que escuchan ni para comunicarse musicalmente: no necesitan la partitura para tocar de memoria puesto que entienden lo que están tocando, ni necesitan que le expliquen qué es una cadencia rota porque la sienten cuando la escuchan.

6. Ambos proponen clases en grupo con edades mezcladas en ciclos muy similares:

MONTESSORI GORDON
0-3 años (Comunidad infantil) 0-3 Audición Preparatoria. Formación informal no estructurada
3-6 años (Casa de niños) 3-5 Audición Preparatoria. Formación informal estructurada
6-12 años (Taller) +6 Audiation. Secuencias de aprendizaje. Formación formal
12 a 18 años (Preparatoria)

La diferencia de edades y de ritmos de aprendizaje en un grupo no sólo no perjudica a los más avanzados, quienes refuerzan sus conocimientos ejerciendo de enseñantes, sino que enriquece a todos con la enorme variedad de matices que esto aporta.

7. El niño debe aprender jugando y motivado, con naturalidad, dentro de un contexto que le sea familiar y con la creatividad e imaginación al mando de todo. Esto permite que la concentración tarde más en decaer, que pueda absorber muchos más contenidos casi sin darse cuenta, que el contacto con lo que sea que esté aprendiendo sea alegre y que le guste lo que hace. Esa es la forma idílica de aprender y Montessori y Gordon lo sabían.

8. El movimiento es un aspecto esencial en la teoría de Gordon. En sus clases debe darse una combinación de los cuatro elementos que tomó de Rudolf Laban: tempo, peso, espacio y fluidez. Según el pedagogo norteamericano (y otros muchos, como Dalcroze), el movimiento es necesario para interiorizar la música. Cualquier nuevo contenido musical, cualquier pieza musical, se adquiere desde la escucha global, es decir, desde el cuerpo en movimiento. Montessori, que afirma que el movimiento es un factor esencial para la construcción de la inteligencia, no se queda atrás a la hora de destacarlo en sus propuestas. Para ella, el niño aprende y se desarrolla gracias a lo que las experiencias producidas por el movimiento le aportan.

9. De acuerdo con sus planteamientos pedagógicos, la evaluación no es entendida por ninguno de los dos como calificaciones que ponen un número al trabajo de cada alumno, sino como informes (en algunos casos bastante detallados) que presentan los logros alcanzados por cada niño y en qué punto de su desarrollo se encuentra. El hecho de que un alumno no haya obtenido en un momento dado el grado de conocimiento que se espera de su edad no es sinónimo de fracaso: ambas pedagogías respetan profundamente los procesos madurativos individuales y confían lo suficiente en la capacidad propia de cada alumno para desarrollarse adecuadamente, siempre que estén motivados y bien guiados. De hecho, quizá aquí se encuentre uno de los puntos de conexión más interesantes y significativos: ambos eliminan el concepto fracaso de su vocabulario. Cuando el interés brota del interior y el estímulo es adecuado, el aprendizaje siempre fluye y es por naturaleza expansivo y exitoso. Curiosamente, al mismo tiempo buscan continuamente que el niño tenga éxito en lo que hace; por eso, por ejemplo, Montessori no les ofrece un material hasta que no lo pueden trabajar correctamente, ni Gordon les propone tocar un instrumento sin haber escuchado y cantado mucho previamente.

10. A pesar de que sus clases tienen un gran componente lúdico, que resultan más motivadoras que las de otros sistemas de enseñanza y que buscan que el alumno disfrute y se sienta feliz en ellas, aportando los profesores tantos conocimientos como afecto – o quizá gracias a todo esto –, los resultados alcanzados cuando se aplican de forma estable superan en mucho a los currículums exigidos en la enseñanza tradicional. Un niño que ha hecho la audición preparatoria de Gordon y que se encuentra en primaria puede tener un nivel de entendimiento de la música que algunos alumnos de altos cursos del Conservatorio aún no han alcanzado. Asimismo, un alumno de primaria de Montessori que, por cualquier motivo, tiene que salir de su colegio para acceder a otro de enseñanza tradicional, seguramente pasará aburrido más de un curso hasta que empiece a ver algo que sea nuevo para él.

Javier Muñoz.

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